Yihadistas y relativismo occidental

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La acción política y militar no basta si no somos capaces de resolver el problema de fondo: nuestra identidad. Cuando no se cree en nada, se es vulnerables a los totalitarismos.

Teresa García-Noblejas

(ArgentinosAlerta.org) Cuando visité en Estambul el Palacio de Topkapi en el que vivieron y gobernaron los sultanes turcos hasta mediados del siglo XIX me llamó la atención un dato que comentó el guía turístico: hasta 1911 existió harén en ese precioso recinto. En Europa, con sus virtudes y defectos, ya habían existido reinas con poder real (en su doble sentido, no consortes) desde la Edad Media.

Traigo esta anécdota a colación no para estigmatizar a los musulmanes ni al islam (que me merece el respeto debido a las creencias religiosas siempre y cuando no se utilicen contra la razón y la dignidad y derechos fundamentales de las personas) ni tampoco para llamar a una cruzada del siglo XXI. Ni para exigir la expulsión de los inmigrantes por ser musulmanes, algo que me parece injusto y racista y además no resuelve el problema.

Simplemente quiero compartir algunas reflexiones. La primera es poner de manifiesto que no todas las culturas y costumbres son dignas de respeto ni son iguales.

El multiculturalismo, el relativismo, la tolerancia absoluta como valor prioritario y el desprecio a nuestras propias raíces cristianas y sus consecuencias antropológicas, sociales y jurídicas tienen efectos.

Cada día nos levantamos con una nueva noticia de las atrocidades cometidas por los crecientes ejércitos yihadistas y adláteres que se expanden no ya por Oriente Medio sino también por África y con conexiones en Europa y en las repúblicas populistas de América el Sur.

Evidentemente, el combate contra esta nueva guerra exige acciones contundentes en lo político y en lo militar. Lamentablemente, Estados Unidos está gobernada por un Presidente de diseño que no pasará a la Historia por su valor y al que ya no le preocupa ni su imposible reelección.

Europa pinta nada en el escenario internacional (como afirmaba Oriana Fallaci en su histórico artículo La rabia y el orgullo en los líderes europeos “veo pocos Ricardos Corazón de León”) y China y Rusia parecen estar a otras cosas.

Así que los amantes de las relaciones internacionales multilaterales, el pacifismo a ultranza y la tolerancia sin límites pueden darse por satisfechos mientras Boko-Haram y el Estado Islámico aterrorizan impunemente a los pueblos sometidos (por cierto, también musulmanes en su mayoría) y amenazan con extenderse al mundo entero.


Pero la acción política y militar no basta si no somos capaces de resolver el problema de fondo y es, una vez más, nuestra identidad. También para este combate es válida la frase de San Juan Pablo II en la encíclica Centesimus Annus (1991) que citábamos en una portada de esta misma web al finalizar el mes de julio:

Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.

Y ese es el tema de fondo. Lo que nos hace vulnerables frente a los totalitarismos y a las ideologías invasivas (que utilizan la «religión» como pretexto) es que no creemos en nada. Y no solo me refiero a la fe en un Dios personal sino a las consecuencias existenciales, sociales y políticas que se derivan de esas creencias: respeto de los derechos fundamentales (vida, libertad) y conciencia de que las personas tienen una dignidad inalienable.

Y que no todo vale porque hay mal y bien objetivos más allá de nuestros acuerdos y leyes. Y tener el coraje para afirmar nuestras convicciones fundamentales y dar razón y testimonio de ellas sin miedo a ser tachados de intolerantes.

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