¿Qué es educar? Sobre la distribución de pornografía por el Ministerio de "Educación"

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Ante la distribución indiscriminada y autoritaria de obras pseudoliterarias que exaltan una sexualidad desordenada y conductas violentas, es imprescindible una reflexión sobre ¿Qué es educar?

Juan Alberto Treglia

(ArgentinosAlerta.org) En primer lugar debemos subrayar que la educación requiera una búsqueda y transmisión de la verdad, que debe ser hecha con amor hacia el educando en un auténtico espíritu de servicio. El desprecio por la verdad lleva inexorablemente a la ideologización de los educandos donde todo vale por igual.

En segundo lugar, debemos tener presente que la educación implica la totalidad del hombre, caso contrario se convierte en in-educación. La verdadera educación busca el desarrollo del cuerpo y del espíritu, de todas las potencias del hombre y de la memoria, la inteligencia y la voluntad, buscando adquirir y perfeccionar los hábitos operativos buenos, es decir, las virtudes, sin las cuales no existe un hombre educado.

La violencia, la vulgaridad, la pornografía, la discriminación, el resentimiento y el anarquismo que contienen varios de los libros que distribuye el Ministerio de "Educación", ciertamente no contribuyen al desarrollo de hombres virtuosos, es decir, educados. Todo lo contrario, fomentan una vida viciosa, lo que lleva a la degradación del tejido social.

Profundizamos a continuación sobre estos puntos.

1) Educar en la verdad, en el amor y en el servicio

Educar en la Verdad, supone afirmar la existencia de la misma, y la capacidad del hombre de alcanzarla. Sólo dentro de un marco de verdad puede darse un verdadero proceso educativo. A esto se contrapone el llamado "pensamiento débil" de la pos-modernidad en la que vivimos que se caracteriza por el desprecio de la razón para poder conocer la verdad, por ello se confunde Verdad con Opinión.

Desde un realismo filosófico hemos de afirmar que la "Verdad es la Realidad", lo que las cosas son; y un conocimiento es verdadero cuando nuestro intelecto se adecua a esa realidad, por ejemplo al afirmar 'la piedra es un ser irracional', compruebo experimental y racionalmente que ello es así.

El hombre no sólo es capaz de conocer los accidentes del 'ser' (tamaño, masa, composición química, etc.) sino al 'ser' en sí mismo, puede conocer la esencia de las cosas y no tan sólo su apariencia. Esto supone una inteligencia cuyo objeto es la Verdad, capaz de alcanzarla y transmitirla, cualidad propia del ser humano que lo distingue del resto de las criaturas terrestres.

La Verdad no es mera opinión, que se emite sin fundamento y que requiere muchas veces del 'consenso' del 'número' para adquirir una supuesta validez general. La Verdad vale por sí misma (2 + 2 = 4), es una, objetiva y universal; por lo cual hemos de descartar esta visión del relativismo gnoseológico imperante que otorga similar validez al error y a la verdad, o admite múltiples verdades, incluso contrarias entre sí, sobre un mismo tema.

Sin búsqueda y transmisión de la Verdad, no existe educación, sólo a través de ella el ser humano se plenifica y alcanza su desarrollo.

Educar en el amor, supone la vivencia plena de la vocación de ser 'maestros', ya que ama quien busca el bien del tu, y el educar implica necesariamente el anhelo de esculpir en el alma del alumno las virtudes y valores que plenifican al ser humano.

Cómo no recordar aquí las enseñanzas de Eduardo Spranger acerca del amor pedagógico, ese amor propio de quien encarna la tarea de educar, y que busca la elevación, el crecimiento en la virtud del educando, ese amor que se vuelve corrección fraterna ante el error, y es expresión viva de la autoridad del maestro que es participación de la ‘Autoritas’ de Dios, que ‘ama y sirve’ al hombre.

Amor que se reviste de mansedumbre ante la tardanza en el aprendizaje de los alumnos, ante las incomprensiones de una sociedad que ha abdicado del ejercicio de la autoridad y cuestiona toda firmeza en la fijación de límites al comportamiento de niños, adolescentes y jóvenes, que deben crecer en libertad con responsabilidad.

Educar en el servicio, la auténtica educación supone la entrega; la misma vocación de ser Maestros entraña esta donación; y es, paradójicamente, en el desprendimiento de sí cuando la persona alcanza su verdadera felicidad, es en este proceso de entrega mutua donde el hombre va descubriendo el sentido de la vida; podemos aseverar que 'quien no educa para servir, no sirve para educar'.

2) Educar a todo el hombre

O la educación desarrolla la totalidad o se convierte en in-educación y destrucción del hombre. No habrá término medio.

Un desarrollo integral del hombre será el desarrollo del cuerpo y del espíritu, de todas las potencias del hombre y de la memoria, la inteligencia y la voluntad. Una sola de estas potencias que tienda a desarrollarse sola excluyendo a las demás, generará una suerte de monstruo que es lo contradictorio de la armónica totalidad del hombre.

Pero educar no será solamente educir, poner en la luz, hacer explícito lo que ya ontológicamente es el hombre sino hacerle crecer mediante algo nuevo, no como mera yuxtaposición, sino como crecimiento total del hombre.

Y en este crecimiento tendrá un papel central la adquisición y perfeccionamiento de los hábitos operativos buenos, las virtudes, sin las cuales no existe hombre educado. Por ello Su Santidad Juan Pablo II, siguiendo a Santo Tomás, enumeraba una serie de virtudes que el maestro debe encarnar ejemplarmente y procurar el desarrollo de las mismas en quienes reciben educación, así nos dice:

Amar la verdad; habíamos afirmado que la Verdad es el objeto de nuestra inteligencia, de la razón. El Papa nos invita a amar la verdad, a desterrar de nuestra vida la mentira, como violencia hecha al prójimo.

Es lamentable comprobar que cómo se somete a la sociedad al engaño y la falsedad: se miente en las promesas electorales, se miente en los medios masivos de comunicación, se miente en los textos escolares, … se miente,… Y la mentira destruye el amor, la confianza y toda posibilidad de convivencia. Por eso, la sociedad se vuelve una yuxtaposición de individuos, sin vínculos morales que los unan en la búsqueda de un Fin Común.

Viviendo la sinceridad volveremos a restaurar la unión y la solidaridad, pilares de toda sociedad. Sinceridad que comienza en la vida familiar y se debe afianzar en toda tarea educativa.

Sinceridad que se manifiesta en la fidelidad a la palabra dada, en los compromisos, promesas o juramentos, en los cuales no sólo contamos con el aval de nuestra dignidad personal, sino también con el testimonio de Dios, a Él ponemos por Testigo de nuestros juicios; a Él daremos cuenta de nuestras infidelidades.

Desde la más tierna educación debemos revalorizar el valor de la palabra empeñada, para que cuando exista la necesidad de expresar un juramento, no lo hagamos con liviandad, sino con la firme convicción de hacerlo en nombre de Dios, cuyo ejemplo hemos de imitar, Él nunca defrauda a quienes en Él confían.

La lealtad es rasgo característico de una sociedad fundada en los valores evangélicos, donde el hombre asume compromisos y es fiel a ellos conforme a la responsabilidad que emana de su voluntad libre.

Lealtad a Dios, que es fidelidad a Su Voluntad, en una continua y permanente entrega de sí a sus mandatos, garantía de llevar una vida plena y feliz, según aquella expresión del Señor: “Si quieres alcanzar la vida eterna, cumple los mandamientos”

Lealtad a la Patria que es vivir conforme a las exigencias del Bien Común buscando su desarrollo y su progreso, asumiendo con alegría los deberes ciudadanos y los valores cívicos.

Lealtad a la Familia que nos cobija desde el momento de nuestra concepción y en la que todos sus miembros reciben su ‘primera’ educación, colocándose en ella los cimientos de toda comunidad organizada. Lealtad que se comienza a modelar desde el hogar y que en la escuela debe asumir una expresión integral.

Toda la comunidad educativa, padres, maestros, directivos, alumnos, deben manifestar lealtad, ante todo, al proyecto educativo institucional, siendo coherentes en la búsqueda de una formación virtuosa para alcanzar el perfil que se anhela en todo egresado de la educación formal.

Siendo conscientes que debemos contrarrestar todos los anti-valores presentes en los medios masivos de comunicación social, verdadera subcultura inhumana que aleja principalmente a niños, adolescentes y jóvenes de una rectitud de vida, ante la ausencia en los adultos de un sentido crítico y de la firmeza necesaria para evitar esta auténtica avalancha de mediocridad y sensualismo que apunta a exacerbar la concupiscencia desordenada del ser humano, hoy fomentada desde el propio Ministerio de Educación de la Nación.

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