Papa Francisco declara santa a Madre Teresa de Calcuta

Versión para impresiónEnviar a un amigoPDF version

El Papa elevó hoy a los altares a la Madre Teresa de Calcuta declarándola como santa de la Iglesia católica y ordenando que su nombre sea inscrito en la lista de los modelos cristianos.

Andrés Beltramo

(ArgentinosAlerta.org) “Beatísimo padre, la Santa Madre Iglesia pide que vuestra santidad inscriba a la beata Teresa de Calcuta en el Elenco de los Santos y como tal sea invocada por todos los cristianos”, solicitó el cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos del Vaticano.

Como respuesta, Francisco introdujo la letanía de los santos, que fue cantada por todos los presentes, antes de pronunciar en latín la declaratoria formal de la nueva santa.

Entre otras cosas el pontífice estableció que “para la exhaltación de la vida cristiana” y “con la autoridad de nuestro señor Jesucristo”, tras haber “largamente reflexionado” y escuchado el parecer de muchos obispos, decidió declarar y definir como santa a la beata Teresa de Calcuta.

Entonces ordenó que su nombre sea inscrito en el Elenco de los Santos, indicando que en toda la Iglesias sea “devotamente honrada”. Cuando el Papa terminó de pronunciar estas palabras la multitud, de más de 100 mil personas, rompió en un aplauso.

El rito de la canonización tuvo lugar al inicio de la misa, comenzó con el canto litúrgico del “Veni creator” (Ven creador) y, luego, el cardenal Amato leyó una versión reducida de la biografía de Gonxha Agnes Bojaxhiu, como se llamaba civilmente la religiosa.

Nacida el 26 de agosto de 1910, Madre Teresa de Calcuta fue declarada santa de la Iglesia católica exactamente 19 años después de su muerte, el 5 de septiembre de 1979.

Por su trabajo a favor de los pobres entre los más pobres se convirtió en un ícono de la misericordia a nivel mundial. En 1928 ingresó a la Congregación de las Hermanas de Loreto en Irlanda y un año después llegó a la India, donde emitió los primeros votos en 1931 y los votos perpetuos en 1937.


El 10 de septiembre de 1946 decidió renunciar a todo y servir a Dios en los más pobres entre los pobres, casi dos años más tarde obtuvo el permiso eclesiástico para iniciar una labor de asistencia en las periferias de Calcuta.

En 1950 erigió formalmente las Misioneras de la Caridad, la primera institución de una amplia familia religiosa que actualmente incluye los Hermanos Misioneros de la Caridad, fundados en 1963, las Hermanas Contemplativas (1976), los Hermanos Contemplativos (1979) y los Padres Misioneros de la Caridad (1984).

En 1979 fue galardonada con el Premio Nobel de la Paz, pero la lista de sus reconocimientos es amplia, incluyendo entre otros el galardón “Padma Shri” (1962), el “Jawaharlal Nehru para el Entendimiento Internacional” (1969), el Premio Templeton (1973) y la Orden de Honor de Albania (1994).

A su muerte, la congregación contaba con tres mil 842 religiosas trabajando en 594 casas en 120 naciones del mundo. El domingo 19 de octubre de 2003 fue reconocida como beata por el Papa Juan Pablo II, con quien mantuvo una larga amistad.

Se trata de la primera persona galardonada con el Premio Nobel que es también santa de la Iglesia católica.


 

“Es santa pero la seguiremos llamando Madre Teresa”

El Papa Francisco aseguró hoy, ante más de 120 mil personas congregadas en la Plaza de San Pedro, que la figura de Teresa de Calcuta es tan cercana que será difícil llamarla santa y todos la seguirán llamando Madre.

Esto durante el sermón de la misa en la cual ordenó inscribir formalmente en el Elenco de los Santos a la religiosa de origen albanés, fundadora de la congregación de las Hermanas Misioneras de la Caridad y que se convirtió en ícono mundial de la misericordia por su labor a favor de los más pobres.

Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión”, deseó, hablando en italiano.

Más adelante sostuvo que ella supo hacer sentir su voz a los poderosos de la tierra para que reconociesen sus culpas ante “los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos”.

La calificó como “generosa dispensadora de la misericordia divina” porque, a lo largo de toda su existencia, se puso a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada.

“La misericordia fue para ella la ‘sal’ que daba sabor a cada obra suya, y la ‘luz’ que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento”, añadió.

Solicitó que su figura sea modelo para todo el mundo del voluntariado y recordó que ella amaba decir: “Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír”.

“Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura”, insistió.

En su homilía, pronunciada en italiano, Jorge Mario Bergoglio señaló que los católicos deben hacer realidad lo que invocan con la oración y advirtió que “no hay alternativa a la caridad” porque quienes se ponen al servicio de los demás son quienes aman a Dios.

Aclaró que la vida cristiana no es una simple simple ayuda que se presta en un momento de necesidad porque si fuera así sería sólo un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz.

Precisó que seguir a Jesús es un compromiso serio que requiere radicalidad y esfuerzo a favor de los más pobres y ponerse a su servicio. Indicó en eso la razón por la cual los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados con sentido religioso no deberían esperar ningún agradecimiento ni gratificación.

“Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza”, estableció.

Texto completo de la Homilía pronunciada por el Papa Francisco

«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13). Este interrogante del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos. Los protagonistas de la historia son siempre dos: por un lado, Dios, y por otro, los hombres. Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida?

La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial: «Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18). Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones, los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor. Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13). A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40).

Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad. Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor.

Hemos escuchado en el Evangelio que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo de la Misericordia. Vosotros sois esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona. Os repito las palabras del apóstol Pablo: «He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que, gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado alivio» (Flm 1,7). Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derraman en el servicio escondido, humilde y desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.

El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor. Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza.

Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que «el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre».

Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento.

Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres. Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea vuestro modelo de santidad. Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión.

Madre Teresa amaba decir: «Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír». Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura.

Etiquetas:

Comentarios

People need to respond to it.

People need to respond to it. Before it will be approved. - Dennis Wong YOR Health